Ps. Rodrigo Braña Lillo.
He tenido la experiencia en la última semana de estar presente en un proceso mediativo y no me deja de sorprender la actitud con que vienen las personas a “no-dialogar”, ya que son verdaderas trincheras en las cuales el mediador esta al medio con una bandera blanca tratando de hacer que las partes se acerquen para dialogar. Mucho se ha escrito en relación al como las intervenir reconociendo las fases de un conflicto y cómo hacer para lograr que las personas que están en disputa logren al menos los acuerdos mínimos para ponerse de acuerdo, para así no hacerse más daño en la vida. Sin embargo, ¿qué pasa con quien está en el medio?, ¿con quien debe contener y mantener una postura que sin ejercicio puede provocar más daño que beneficios?. Si bien es cierto que están las “herramientas”, pero cosa distinta es saberlas utilizarlas y creo que es ahí en donde es necesario avanzar éticamente . Bajo este contexto nos podemos preguntar: ¿Quién regula lo que se hace bajo cuatro paredes?, lo parámetros de la ley de mediación que paga por acuerdo, ¿Qué tipo de acuerdos se llegara con personas que no tienen una formación éticamente fundada ?
Según parece, la ira esta está muy generalizada hoy en día. La era post moderna en la que vivimos se caracteriza por un estado de apatía general que refleja nuestra impotencia ante los profundos cambios que se suceden con rapidez. Según Brian Muldoon, en su libro “el corazón del conflicto”, la pasión conlleva sufrimiento, que es la raíz del conflicto, y desde la pasión surgen el miedo, el dolor y la ansiedad. Sin embargo el origen de la pasión es la perdida.
Es interesante que el autor le dé una intensidad a las emociones negativas en función del sacrificio que implica, como del tiempo de este sacrificio. Sin embargo la experiencia de la pérdida es vivida por cada uno como algo personal, en donde la verdadera causa del conflicto, según el autor, estriba en el moralismo, la costumbre de dividir el mundo en dos grupos: aquellos que tienen razón y aquellos que no la tienen. “La moralidad se convierte en moralismo en el momento en que empezamos a proyectar nuestros principios y valores en otras personas. La moralidad pregunta: “¿Qué es lo correcto?”. El moralismo afirma que estas equivocado ”.
Cuando se habla de mediación se tiene que hacer bajo el contexto de que es una salida alternativa de Justicia, por lo tanto, tenemos que entrar en una acción sustituyente de quien aplica justicia, pero desde la mirada de un facilitador que abre la puerta a la paz como emoción a la base para generar un dialogo. Sin embargo con lo visto anteriormente, la pasión con que vienen estas personas muchas veces contamina la posición de quien está llamado a concretar un espacio de paz y justicia para el dialogo, tomando posiciones moralistas que empatizan muchas veces con quien se ve el más desvalido. Es así, como se pasa de la justicia a la injusticia con mucha facilidad, haciendo ajeno y distante cada vez más la mediación, ya que quien no pueda mantener con claridad su rol de paz, no podrá ejercer una influencia que permita justicia de manera equitativa para ambas partes. He aquí un primer argumento para poner en relieve el rol del mediador, ya que quien no esté concentrado en generar el espacio de paz y justicia para el dialogo, caerá en las garras de la comercialización, generando así en parcialidades e injusticias .
Un segundo criterio a pensar está en la situación de poder que tiene quien media, dado que está en una posición de experto. Experto, porque es capaz de reconocer los campos en los cuales transita, el campo de la paz y el campo del conflicto. Ambos campos presentan fases y tareas las cuales hacen debe manejar. En el campo de la paz su primera fase se orienta a la armonización de las diferencias, que apunta a como el sistema familia establece los rituales para suavizar las diferencias que aparecen como producto natural de los ciclos familiares (Steinglass; Satir,1985). La tarea es promover la paz “deberíamos concentrarnos en percibir y resaltar aquellas situaciones en las que se ha logrado o se está logrando armonizar las diferencias y/o generar los contextos necesarios para que éstas surjan ”.
En una segunda fase esta el nacimiento del conflicto, que es el producto de la no armonización del sistema, dando pie a una tensión en crecimiento. “El “otro”, comienza a no ser visto como legitimo otro, como dice Maturana, ya no se le escucha, ni se perciben sus emociones ”. La tarea por lo tanto se centra en prevenir el conflicto. La palabra prevención según la aclaración que hace la autora es un traslado desde la salud al campo de la social, que tiene al menos dos significados usuales: 1) generar las acciones necesarias para que la enfermedad no se presente, actuando sobre el contexto y sobre el individuo y; 2) prevenir, radica en detectar los signos tempranos para actuar inmediatamente y no permitir que la enfermedad siga su desarrollo silencioso . Por lo tanto ante la siguiente fase que es el “Nacimiento del conflicto”, se desarrollan dos tareas: 1) Evitar que se llegue a esta etapa, o sea que el conflicto nazca y 2) Prevenir las escaladas. La fase siguiente “el estallido del conflicto”, las pautas de interacción se rigidizan, se invisibilidad al otro y cada parte se autocentra en sí misma. Es en esta etapa que las personas llegan a una instancia mediativa. Aquí aparece el mediador, donde la autora le asigna dos funciones: 1) preventiva, cuya tarea es que la escalada no continúe, hasta llegar a la guerra y 2) asistencial, “ya que se ha comparado el conflicto con la enfermedad, el sistema que concurre a la mediación debe “curarse” de su enfermedad y volver a su estado de salud ”, por ende su tarea es la asistencia en los temas antes expuestos. Finalmente hablamos de la cuarta fase “la guerra”, aquí los participantes van decididamente a hacerse daño, que en el sistema familiar se denomina como violencia intrafamiliar, en donde en Estados Unidos, el 80% de los divorcios mediados aparecieron episodios de VIF . Como hemos visto en el desarrollo del proceso del conflicto quienes llegan a la etapa de la mediación están en etapas avanzadas, por lo que el mediador debe estar preparado para la generación de un dialogo que vuelva a la paz del sistema familiar, esto es un desafío altamente deontológico, porque implica re-generar una cultura dialógica, no lograr esto sería ser parte de la enfermedad. Por lo tanto el mediador tiene el poder de “sanar” lo cual puede marcar para bien o para mal el camino vital de un sistema familiar.
Siguiendo con el rol del mediador, como un agente de paz, como un sanador ahora me parece presentar como tercer aspecto el rol del mediador como un transformador . Si bien es cierto que los criterios anteriores apunta a la transformación del cómo se enfrenta el conflicto, pasando de ser un problema a una oportunidad para el crecimiento y transformación moral .
Si bien es cierto que el rol transformador es una respuesta ideal a un conflicto no deja de ser menos cierto que trasformar, cambiar, hacer terapia, facilita la comprensión entre los individuos y les da un crecimiento moral, dado que pueden co-habitar en un mismo espacio sin la necesidad de hacerse daño .
Siento que el ideal, no puede ser un inalcanzable, debe ser un principio moral para quien opta por lograr revalorizar el dialogo como método de la paz.
Como se ha visto el rol del mediador, surge con fuerza ante una exigencia coyuntural como la puesta en marcha de la ley de mediación, sin embargo esta ley pone en relieve el “acuerdo” como fin y no como un proceso, por lo que genera una tentación de obviar el rol del mediador en un sistema que vienen en el estallido del conflicto.
A mi juicio, lo que se puede generar es un descrito de la mediación y caer en transformar esta oportunidad histórica en un problema que luego deslegitimice la mediación como una cultura que resuelva los conflictos de nuestra sociedad, dado que si los mediadores no asumen un rol activo generar una ética interventiva, se habrá fracasado en la idea original de validar a la mediación como una solución alternativa a la justica social, generado una brecha mucho más amplia en los sectores mas carenciados de nuestra sociedad.
Concluyendo, es necesario plantear a la base de todo proceso mediativo, el rol del mediador como quien tiene la función de sanar, restablecer la paz a través del dialogo y ser un agente transformador. Esto en el contexto de una nueva justicia, en donde los sistemas familiares tienen la oportunidad de restablecer la armonía perdida por conflictos en escalada no viendo al “otro” como legitimo “otro”. Se espera que esta reflexión logre en el lector la sensibilidad necesaria para que vea a la mediación no solo como un mero trámite, sino como una oportunidad de re-establecer aquello que se perdió.
